Érase una vez un niño que soñaba ser futbolista profesional, pero era de muy bajos recursos y no tenía como comprar sus guayos. Desde entonces, él salió a buscar trabajo, pues se propuso ahorrar para comprárselos.
Anduvo todo su pueblo y no encontraba quién le pudiera dar trabajo. Luego miró una tiendita de un pobre anciano y llegó. Se le acercó a preguntarle si podía darle trabajo.
El anciano le preguntó: – ¿Qué haces aquí, niño?
El niño respondió: -Buscando trabajo.
El anciano lo miró, lo sintió y comenzó a hablarle sobre su vida. Le preguntó por su mamá, y él contestó que ella trabajaba todo el día para comprar la comida. El anciano, conmovido, aceptó darle empleo.
El niño ayudaba a limpiar, acomodar y entregar productos. Siempre lo hacía con una grande sonrisa, porque sabía que cada moneda lo acercaba a su sueño. Con el tiempo, el anciano le tomó cariño y empezó a darle consejos.
-Nunca dejes de luchar, hijo, los sueños se alcanzaban con disciplina.
Pasaban los días y el niño cada vez estaba más cerca de cumplir su meta. Aunque se cansaba, nunca se rendía. También entrenaba con una pelota vieja que le regaló el anciano, practicando en las calles de piedra.
Un día, después de mucho esfuerzo, logró comprar sus guayos. Fue un momento maravilloso: los abrazo fuertemente con lágrimas en los ojos y prometió que serían parte del comienzo de su futuro.
Jugó y entrenó con tanto empeño que los entrenadores comenzaron a fijarse en él. Lo invitaron a una escuela de fútbol, y aunque al inicio tenía miedo de no jugar bien, pero fue todo lo contrario su talento lo hizo brillar.
El niño creció, participó en torneos, ganó partidos importantes y poco a poco su nombre empezó a ser conocido. Cuando por fin fue llamado a un equipo profesional, recordó cada sacrificio, cada noche de cansancio y cada palabra del anciano.
Convertido en futbolista profesional, lo primero que hizo fue comprarle una casa a su madre y agradecerle al anciano que lo apoyo en todo su proceso.
-Gracias por creer en mí-Le dijo con emoción-Usted fue la primera persona que me dio una oportunidad.
Y así, Miguel cumplió su sueño, demostrando que, con esfuerzo, humildad y esperanza, cualquier meta puede alcanzarse